Ansiedad y angustias

1 febrero 2010

Esta mañana temprano mientas esperaba al autobús ha aparecido delante de mí, a unos 20 cm de mi cara, una señora de buen aspecto y mediana edad que ha comenzado con voz quebradiza la breve conversación que transcribo a continuación:

Ms: Buenos días
Yo: …
Ms: ¡Buenos días!
Yo: Buenos días
Ms: Padezco de ansiedad y angustias; tengo una hija en una silla de ruedas. Por favor, dame dinero, una ayuda.
Yo: … Lo siento pero no.
Ms: ¿No me das nada?
Yo: No.

Igual que ha aparecido se ha ido. Tengo muchas razones por las que automáticamente digo no a este tipo de peticiones; la principal de ellas es que en mi pueblo me enseñaron que ante el vicio de pedir está la virtud de no dar. Pero también creo que dar dinero promueve la mendicidad (o deberíamos decir mendacidad) y que no te puedes fiar de la primera persona que te para por la calle, entre otras razones. No obstante, a pesar de que ella no ha conseguido su objetivo, su actuación me ha parecido bastante real, y ha conseguido que durante los siguientes minutos me sintiera mal. Es lo que en psicología se conoce como Teoría de la Disonancia y que tanto se utiliza en publicidad para hacerte cambiar de actitud si no quieres sentirte mal (o te compras este producto o no eres nadie).

Sin embargo poco después pensándolo fríamente me he dado cuenta de que no debía preocuparme 1) si su triste historia era cierta confío en que los servicios sociales sepan evaluar con equidad y justicia lo que esta señora y su hija necesitan para ofrecérselo conforme sea debido; no soy yo la persona adecuada para ayudarle en su situación y menos para evaluarla y solucionarla un lunes por la mañana en la parada del autobús. 2) Por otro lado si todo era una farsa me alegro de no haber caído en la trampa, su historia parecía verosímil y le deseo lo mejor en su carrera como actriz profesional. También me acuerdo de los pobres haitianos, seguramente ellos lo necesitarán más.

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